EL CAMINO DE HIERRO: CURIOSIDADES DE UN PROYECTO SINGULAR - Conclusión.
El proyecto soñado por Salamanca había finalizado con éxito. Los días siguientes a la inauguración, aún se escuchaba por el pueblo el nombre de su promotor como si de un dios se tratase.
Pero, hagamos un pequeño paréntesis para profundizar un poco más en la figura de este prohombre de negocios.
José de Salamanca y Mayol, del que Alejandro Dumas llego a decir que si le hubiese conocido antes, se habría inspirado en él para crear a su personaje El Conde de Montecristo, era un malagueño que fue filósofo y licenciado en leyes y que además murió dos veces. Un tipo que fue juez, senador, alcalde, banquero, ministro de Hacienda, 19 veces diputado y sobre todo, empresario con un olfato para los negocios que le dieron tal fama en el extranjero que en París le conocieron como el Príncipe de Salamanca.
Tras intentar mediar sin éxito en los casos
de Mariana Pineda y el general Torrijos, terminó aterrizando en Monóvar
(Alicante), donde fue nombrado alcalde con 22 años. Allí, en un episodio de
cólera, le dieron por muerto, le metieron en un ataúd y lo velaron. Pasadas
unas cuantas horas resucitó, y dicen que su sirviente se asustó más que un
gitano sin primo. Su ataúd finalmente lo utilizó un amigo suyo que terminó
cogiendo el cólera días más tarde.
Cuñado de un ricachón que fue padre de la revolución industrial española,
Manuel Agustín Heredia, recibió de él una cantidad que multiplicó con creces
tras invertir en el negocio de la sal.
Más tarde se asoció con el presidente Narváez y con el marido secreto de la
reina, Fernando Muñoz, e invirtió en el negocio del ferrocarril, promoviendo el trayecto Madrid-Aranjuez. En Nueva
York promovió un tren y el agradecimiento fue tal, que la ciudad de Salamanca
(NY) le debe su nombre a él.
Para darnos una idea de cómo se las gastaba el marqués, en cuestión de derroche, daremos un ejemplo: Cuando se proyectó la continuación de la línea Madrid-Aranjuez hasta Alicante, hubo protestas en las diversas regiones por las que pasaría el tren, sobre todo en La Mancha, pero por fin en enero de 1858 y a pesar de las muchas trabas y contratiempos, pudo nuestro protagonista dar cima a su magna empresa y tener la satisfacción de ver correr la locomotora por regiones que estaban aún sin explorar. Al hilo de ello, nos cuenta Loreto Capella jefe de cocina de la Casa Real entre 1883 y 1894, en un artículo que publicó en la revista gastronómica El Gorro Blanco y bajo el título de "La Perdiz del Marqués de Salamanca" que «Con el fin de solemnizar tan fausto acontecimiento, aquel hombre, que era grande en todo, tuvo la peregrina ocurrencia de convidar a un banquete a todos los habitantes de aquellas regiones que quisieran concurrir». Se eligió como escenario el llano de Albacete, y hasta allí se mandó desde Madrid todo lo necesario para cocinar y servir una estupenda comida para miles de comensales. La minuta estuvo compuesta por carnero guisado con patatas y guisantes, arroz con jamón, liebre y conejo, perdices estofadas con judías al estilo manchego, aves asadas, torrijas, queso manchego y fruta, todo servido sobre un centenar de mesas al aire libre y en varios turnos debido al gran número de asistentes. Solamente de aceite y manteca para guisar se usaron 1780 kilos, de jamón y tocino más de 2000, judías blancas 1300 kilos, igual que de arroz, 400 huevos, 3000 chorizos, 500 cabezas de cordero, 800 aves, 600 conejos y liebres…
El menú, aunque pantagruélico, pensado para satisfacer a los trabajadores de los pueblos vecinos, no era tan selecto como lo que se solía servir a la mesa personal del marqués, así que éste quiso dar su toque personal incluyendo un plato especial que tomarían él mismo y su secretario. Según lo que Leblanc, el chef francés y cocinero personal del marqués, le contó a Loreto Capella, Salamanca le pidió que les preparara para aquel día en Albacete «una perdiz con el condimento más caro que usted pueda inventar y que sea original, pues tengo gran empeño en ello, para que se sepa lo que le cuesta a Salamanca comerse una perdiz». Dicho y hecho, el chef francés hizo traer de Segovia una ternera, de Toledo el mejor carnero y de Burgos el mejor lechal, aparte de una pularda, foie-gras y trufas de Francia, y vino de Oporto. La perdiz la compró en Madrid, eso sí. Con todo ello Leblanc hizo un plato que costó la astronómica cifra de 2.526 reales, consistente en una ternera entera rellena de carnero relleno de cordero relleno de pularda y, dentro de ésta, una perdiz deshuesada, rellena de foie y trufas y rociada con oporto. En aquel prado de Albacete se abrió una zanja que se cubrió con brasa de carbón de encina, se metió la ternera con todo lo demás dentro de ella y se «cubrió de brasa hasta el borde de la fosa, tapándola en seguida con la tierra, dejando un orificio a cada extremo con el fin de que no se apagara la lumbre». Después de varias horas se exhumó aquel Frankenstein comestible y se sacó la perdiz, que resultó estar pochée, admirablemente, y se le sirvió al marqués, que declaró no haber comido nada más suculento en su vida. Extravagante, lo que se dice extravagante, lo era, no hay dudas.
Claro que tenía tal olfato para los negocios, que lo que gastaba en extravagancias, lo ganaba en el mismo tiempo que empleaba en derrocharlo. En cierta ocasión, invirtiendo en bolsa, ganó 30 millones de reales en un solo día. La cruz de la moneda fue cuando nombrado ministro de Hacienda perdió tanta pasta adelantando dinero al gobierno, que dimitió antes de arruinarse.
Pero, si por algo es conocido, es por haber urbanizado el entonces ensanche de Madrid, lo que hoy conocemos por el Barrio de Salamanca. Tras no dar beneficios en múltiples negocios, terminó arruinándose por completo. Después de haber amasado más de 300 millones de pesetas que hoy equivaldrían a miles de millones de euros, murió por segunda vez, esta vez la definitiva, dejando una deuda de más de 6 millones de pesetas. Lejos de morir millonario en su palacio del barrio de Salamanca, donde llegó a atesorar una impresionante pinacoteca con 14 obras de Velázquez, 12 de Murillo y más de 100 de la Escuela Flamenca, falleció en Carabanchel Bajo, en su finca de Vistalegre. Hoy, los restos del que fue uno de los hombres más ricos y poderosos de su tiempo en nuestro país, yacen en el Cementerio de la Sacramental de San Isidro, en una sencilla y casi escondida tumba.
Pero, volvamos a nuestro relato. Que la entrada del ferrocarril iba a suponer un incremento sustancial en la economía de Aranjuez, era algo de sobra conocido; aunque atendiendo a la crónica que el periódico El Católico publicó, haciéndose eco de la publicada a su vez por su colega El Heraldo de Madrid apenas cinco días después de la inauguración de aquél, daba a entender que a los propietarios de las fondas y cafés de la localidad les había pillado la situación con el pie cambiado. La crónica, que no tenía desperdicio, decía que: “Todos los viajeros que de esta Corte van estos días a Aranjuez vienen quejándose amargamente del mal servicio que encuentran en las pocas fondas que hay en aquél Sitio, donde dan de comer poco, malo y muy caro. No se encuentra nada de lo que se pide, y por esto muchas personas y familias que desean hacer cuanto antes sus expediciones por el camino de hierro, disponen llevar sus provisiones de Madrid y marcharse a comer a cualquier punto de aquellos jardines y alamedas, haciéndose cargo de que van a una expedición de campo. Creemos que si los fondistas de Aranjuez están bien con sus intereses, deben apresurarse a mejorar sus establecimientos”.
Aunque era evidente de que los viajes en ferrocarril eran mucho más seguros que los de la diligencia, a veces y sobre todo en los primeros meses de vida de este medio novedoso de locomoción, se producían accidentes que sobresaltaban a la opinión pública. El primero del que se tiene noticias se produjo apenas 5 días después de su inauguración. El progreso se cobraba su primera víctima. El periódico madrileño El Clamor Público lo relató de la siguiente manera: “Hemos oído referir la noticia de una desgracia acaecida en el ferro-carril de Aranjuez. Parece que habiéndose desprendido algún combustible de una de las locomotivas que hicieron viage a última hora el jueves anterior, uno de los guardas del camino quiso aprovechar para calentarse la ocasión que se le deparó y sorprendido por el sueño, tuvo la inadvertencia de no separarse de un lugar donde a poco tiempo pereció víctima de su descuido destrozado por otra locomotiva. Dicen que la Empresa ha señalado a la familia huérfana de aquél desgraciado una pensión equivalente al sueldo que disfrutaba por su empleo”.
Leyendo entre líneas la noticia, se desprende que, en un primer momento, la Compañía intenta por todos los medios dejar claro a la opinión pública que aunque ella no es la responsable de la muerte del guarda, hará todo lo posible para que a sus deudos no les falte lo más básico para su sustento, al menos de momento. Sin embargo, es posible que esta decisión no la meditaran lo suficiente, ya que podía tener consecuencias a largo plazo: ¿Qué ocurriría si los accidentes se prodigan en el tiempo? ¿tendrían que hacer lo mismo con los demás afectados? Conjeturando con ello, es más que probable que la Empresa decidiera que esa no era la mejor solución, y unos días después aparece otra noticia como complemento de la primera que decía: “En el reconocimiento hecho del cadáver del guarda muerto, según hasta ahora se creía, por una locomotora del ferro-carril de Aranjuez, parece que se han encontrado señales de heridas causadas con un instrumento punzante, lo que induce a creer que aquél infeliz fue víctima de un asesinato y colocado en el camino con la idea [de que] fuese atribuida a la causa indicada. Por el correspondiente juzgado se están haciendo las oportunas averiguaciones con el objeto de descubrir al culpable caso de que lo haya”. Apenas habían pasado cuatro días desde la primera información. No tardó mucho la Junta Directiva, en modificarla, por si las moscas. Por otro lado no consta que se descubriera a ningún culpable, por lo que queda en el aire si verdaderamente fue un asesinato o un accidente tapado por la Compañía para no dar mala publicidad al recién inaugurado ferro-carril y al mismo tiempo dejar sentadas las bases ante posibles peticiones de indemnizaciones futuras.
Si la primera víctima del recién estrenado ferro-carril pudo ser debido a una imprudencia del guarda ferroviario (si nos atenemos a la primera versión del suceso) la segunda fue al ciento por ciento consecuencia de la estupidez o -tal vez también- al desconocimiento del novísimo medio de locomoción. Ocurrió que Manuel Pérez, vecino de Aranjuez, desafió con unos amigos a que era capaz de ganar al convoy en velocidad; (en román-paladino a ver quién la tenía más larga), por lo que los amigos y él mismo se encaminaron a la recién estrenada estación en el Raso de la Estrella, y puesto a la altura de la máquina y en el mismo momento en que el convoy emprendió la marcha salió disparado como una flecha y, tanto se pegó a la máquina en su frenética carrera, que un resbalón en la gravilla que hacía de cama a los raíles le hizo tropezar y fue arrollado por la cabeza de la locomotora. Murió en el acto. No había pasado un mes desde que se inauguró la línea.
Tal era el furor con que irrumpió el ferrocarril en la vida cotidiana de
la sociedad de la época que, a veces, los soldados, como fuerzas de orden, se
tenían que imponer ante la gran afluencia de personas que se citaban en la
estación para poder sacar el correspondiente billete que le diese la
oportunidad de viajar en el novísimo medio de locomoción. En alguna ocasión
incluso mediante “culatazos a diestro y siniestro”, como escribió
un cronista en el periódico monárquico La Esperanza del martes 18 de Febrero de
1851. Y es que “el Camino de Hierro” había llegado para quedarse.
Aunque no todo el mundo comulgaba con ello. También los había contrarios
al progreso que, en todos los sentidos, el ferrocarril traía. Hoy se les
llamaría “negacionistas”.
No había pasado ni tan siquiera un mes desde su inauguración, cuando en su edición del 3 de Marzo el periódico satírico El Enano, que se autodefinía como “Periódico Picante, Burlón y Pendenciero”, hacía alusión al hartazgo que cierta parte de la sociedad comenzaba a sentir por el dichoso tren. Mediante un soneto titulado El FERRO-CARRIL, un articulista anónimo insertaba en sus páginas el siguiente poema satírico:
¡Aranjuez!
Hay tal porfía!
Por
Dios que ya es pesadez,
Una
y otra vez.
Uno
y otro, y otro día
Dale que dale a Aranjuez!
Cargado
por cierto estoy,
Pues
si llego a hablar con mil;
Mil
me han de hablar del convoy
Del
tren, del ferrocarril,
De si vengo o de si voy.
En
todas las ocasiones,
Caigan
mal o caigan bien,
Han
de salir los wagones,
Los andenes y estaciones,
La locomotriz y el tren.
Desde el pollo hasta el señor,
Que
usa calva o canas peina,
Todos
me citan ¡qué horror!
La
Casa del Labrador,
Y la cuesta de la Reina.
Y
habla del Puente Colgante,
El
sexo bonito al par,
Que
a Aranjuez, si es elegante,
No
hay una ya, a quien su amante,
No haya llevado a almorzar.
Hasta
mi abuela, que empieza
A
rayar en la chochez,
Porque
se le logre reza,
Pues
se le entró en la cabeza,
El viajecillo a Aranjuez.
Y
aunque cuenta, en mi sentir,
Noventa
y tres, salvo yerro,
“No
me quisiera morir
Me
dice siempre, sin ir,
En el camino de hierro.”
Y
sus biznietos, que son
Diez
hembras y ocho varones,
Siempre
cual pollos piones,
Están
con el mismo son:
“Papá, papá…los wagones”.
Iremos
con la abuelita,
Y
con usted, ¿no es verdad?
Y
en su cristiana humildad,
En
pro del caso se agita
Mi tierna y cara mitad.
Y
con mil gritos y mil.
De
noche y a todas horas
Siempre
están ¡Voto a San Gil!
Papá…
las locomotoras!
Marido…el ferrocarril.
Y
mientras más a mi vez
Yo
en decir que no me emperro,
Ellos
con más pesadez
Dale
al camino de hierro,
Dale que dale a Aranjuez.
Pero
no es solo en mi casa
¡Voto
a la espada del Cid!
Donde
lo que cuento pasa;
Pues
con diferencia escasa
Tal pasa en todo Madrid.
Y
que me aprieten la nuez,
Lo
juro por Santa Eufemia,
Si
no pienso que tal vez
No
es afán si no epidemia,
Ese
afán de ir a Aranjuez.
Más allá del supuesto hartazgo que pregonaba el periódico satírico El Enano, el ferrocarril había entrado con fuerza en la vida de los ciudadanos y estaba transformando, como decíamos, a la ciudadanía como antes nada lo había hecho. Los hosteleros de Aranjuez, dedicados hasta entonces al turismo de diligencia, cuya mala prensa de vez en cuando aparecía en los medios de comunicación, con respecto a las deficiencias de los comercios de hostelería de la localidad, viendo que la merma de clientela iba en aumento, debido a la gran competencia que se estaba implantando, decidieron invertir en calidad. “Entre fondas, hosterías y bodegones, son ya quince las casas que hay en Aranjuez donde se sirven comidas”, se podía leer en el periódico monárquico La Esperanza del 22 de Marzo de 1851, y añadía “e indudablemente habrá más dentro de poco, pues gran parte de aquellos habitantes, tratan de dedicarse a tan lucrativa especulación. No necesitamos decir que cuanto mayor es el número de estos establecimientos, son también mayores las ventajas que en ellos se encuentran, así con respecto al precio, como al buen servicio y calidad de los manjares”. Además tenían el añadido en su contra de que los propietarios de hospederías de la capital, poco a poco iban instalando sucursales en Aranjuez. Era el caso, entre otros más, de Perona, un popular hospedero de Madrid, que se instaló en el Palacio de Medinaceli, (la popular Casa de Carmena) con el nombre de Fonda de Perona. (Perona tenía otras fondas con el mismo nombre en la calle Cádiz 8 y en la de Majaderitos, ambas en la capital)
En resumen, el proyecto del ferrocarril Madrid-Aranjuez, tras una inversión de 41,922.906,71 reales de vellón, podemos considerarlo como el detonante para que años después Aranjuez despegase y llegase a ser la localidad de la provincia de Madrid más importante. Se instalaron industrias y comercios, haciendo que la población aumentase, y la corporación municipal comenzase a acometer las obras e infraestructuras necesarias y que poco a poco fueron dando a la población, una nueva fisonomía de ciudad.
Cuadro de Gastos Generales de las obras

.png)


Comentarios