LUCHA DE FIERAS EN ARANJUEZ
En estos días, en que la sociedad se divide entre los partidarios de: TOROS, SÍ, y sus detractores con su TOROS, NO, no está demás que viajemos en el tiempo y demos un paseo por el siglo XIX para adentrarnos en los entretenimientos con animales en aquellos tiempos.
Una de las diversiones de moda en la mitad de ese siglo y que contaba con una legión de adeptos, consistía en lo que en esas fechas se denominaba LUCHA DE FIERAS. Este cruento espectáculo, que hoy no tendría cabida en nuestra sociedad, (¿o sí?) era sin embargo muy popular en aquella época.
Consistía en meter en una jaula metálica de grandes dimensiones y de gruesos barrotes, a una variedad de animales salvajes para que lucharan entre sí (toros contra leones; perros contra hienas; elefantes contra toros, toros contra tigres…) y cuanta más sangre se derramase, más satisfechos salían los espectadores, es decir, lo mismo que veinte siglos atrás ocurría en los circos de la antigua Roma, que en eso no habíamos avanzado nada. Cossío, en su obra "Los Toros", se refiere a este espectáculo como “la lucha más emocionante y competida de la época, en donde la apoteosis del toro tuvo caracteres de delirio patriótico".
Era tal el grado de excitación que el espectáculo proporcionaba al espectador, que si se saldaba con que los animales no se atacaban entre sí por sentirse enfermos o por falta de agresividad por miedo u otras razones, se podía dar el caso de que los espectadores cargasen contra los organizadores, incluso en alguna ocasión tuvieron que intervenir las fuerzas del orden por temor a que linchasen al promotor. Al hilo de esto último, la periodista Nieves Concostrina describe así un combate celebrado en Sevilla el 12 de mayo de 1849, «En la jaula, instalada en el centro de la plaza, se juntaron el toro Señorito, de la ganadería sevillana de José María Benjumea, y un real tigre de Bengala sin divisa. Los dos bichos se miraron, Señorito se fue a por el tigre y diez minutos después, el de Bengala ya era historia. Gran mosqueo en los tendidos porque el espectáculo se había quedado en nada. El empresario tuvo que prometer otro encierro de toro y fiera para que no le quemaran la plaza. Meses después llegó Carmelo, un cinqueño colorado y bragado. Y en la parte contraria, se optó por un león de nombre Julio y un tigre que hizo de sobrero. Al final, el toro también ganó, pero el espectáculo duró más».
Se solían instalar en las plazas de toros de las localidades donde se quería realizar el espectáculo, algo similar a lo que ocurre hoy en día con los circos ambulantes.
Una noticia corrió por Aranjuez y los pueblos aledaños a principios del mes de Julio de 1851. El 26 de ese mismo mes, era el día que se había señalado para que “un gran espectáculo de lucha de fieras” se viese en su Plaza de Toros. Gran expectación.
El programa no podría ser más atractivo y de esta manera se pregonaba en los periódicos de la época:
“…Primero, una sinfonía musical interpretada por una banda militar amenizará el espectáculo, para acto seguido dar lugar a la lucha entre un lobo rojo del Cáucaso contra cuatro perros. Después una feroz hiena del Cabo de Buena Esperanza contra seis perros de presa. A continuación, un oso blanco de los Mares Polares en completa libertad contra ocho perros de presa. Y por último, un león del desierto del Sáhara con un toro de cinco años de la ganadería de don Vicente Martínez, de Colmenar, llamado “Cariñoso”, y si el primero no cumpliese, cosa que no es de esperar, a satisfacción del público y a juicio de la autoridad, se le echarán dos pares de banderillas de fuego”.
En este espectáculo en concreto, el promotor quiso averiguar el grado de ferocidad del león, no fuese a suceder que la bestia no diese la talla, el respetable la tomase con él y pusiese en riesgo su propia integridad. Para ello, y con presencia de la Reina Madre, la cual fue invitada al acto de comprobación, se metió en la jaula a un hermoso ejemplar de venado y acto seguido al león, el cual a ver a su presa se lanzó hacia ella de un gran salto dándole muerte en el acto. El empresario organizador se dio por satisfecho, pensando que el león se prestaría a la lucha y el espectáculo sería un éxito.
Y llegó el día de la actuación, y según el periodista que siguió el acto, lo que aconteció fue lo siguiente:
“Comenzó la función de ayer a las cinco y media de la tarde, que fue la hora a que llegó S. M. el rey. La concurrencia no ocupaba ni siquiera la mitad de las localidades de la plaza. S. M. la reina madre se hallaba en el palco regio desde las cinco aguardando a S. M. el rey. En el palco inmediato estaba la familia de dicha augusta señora. El rey ocupó la derecha del palco, la reina madre se sentó a su lado, e inmediato se hallaba el duque de Riánsares y la servidumbre de S.M. el rey.
Se dio principio a la función, conforme se había anunciado, con la lucha de un lobo con varios perros. El lobo salió al redondel de la lucha temeroso y asustado, deseando ganar la altura de la verja de hierro a fuerza de saltos, operación que repitió con desesperados intentos cuando vio entrar en el redondel hasta cuatro perros de presa, que a los pocos momentos le pusieron en un estado lastimoso, y fue preciso retirarle. En la refriega, si es que así puede llamarse, el lobo se sacudía de los perros, pero no los embestía. Verdad es, que en nuestro concepto, por mucha que sea la ferocidad de los animales de su casta, es excesivo el número de perros que se destinó para mantener con él la lucha.
Salió al palenque la hiena, remisa y entumecida, y aunque al principio trató de esquivar cuanto pudo la lucha con los perros, tuvo que hacer por fin alguna gala de su ferocidad para desasirse de los dientes de sus enemigos, que si mal no recordamos, ascendían también al número de cuatro. En esta lucha se señaló por lo arrojado y feroz uno de los perros, manchado de blanco y color de rata, que más de una vez sujetó por sí solo a la hiena y la revolcó por el suelo sin embargo de que dicha fiera, cuando no se veía hostigada por gran número de perros, desplegaba bastante coraje. Al retirar su amo, a duras penas, al temerario perro bañado en la sangre vertida durante el combate, fue saludado con estrepitosos plausos, saludos de todos los ámbitos de la plaza. A la hiena la retiraron en muy mal estado.
Apareció enseguida el respetable y cachazudo oso, al cual ya fue preciso echar hasta doce o trece perros, los cuales, dicho sea de paso, huían bastante el bulto, y se contentaban con ladrar, pues la melenada fiera repartía sin alterarse ciertas significativas caricias, que hacían que de cuando en cuando amenazase la existencia de alguno de los canes combatientes, que solían quedarse exánimes durante varios instantes. El público pidió que saliese a la liza el intrépido perro vencedor de la hiena, y así se verificó. El solo fue el primero que se atrevió a hincarle el diente al oso: los demás imitaron con alguna frialdad su ejemplo; pero esto no produjo en él ningún desaliento, y continuó enredado colérico en la larga melena del oso, hasta tanto sacaron a este de la plaza en bastante buen estado de salud, merced a su felpudo traje.
Restaba la lucha que más particularmente había atraído a Aranjuez la concurrencia: a saber; la lucha del león y el toro. Era el primero de ambos un animal hermoso si los hay en su clase, y justificaba las más gallardas copias que de su especie han presentado los pintores. No bien saltó al redondel y columbró al toro, se abalanzó a él con rozagante ademán y noble furia, haciendo presa en la cola del toro, al que sentó con fuerza en la arena. Había apresado primeramente la cola por la parte inferior, y el toro trataba de defenderse con los cuernos, pero no le fue posible en un principio, y mucho menos después que mordió el león la cola desde su mismo arranque, con tal ferocidad que la partió completamente y la vimos rodar por el suelo. Una vez libre ya el toro de las terribles garras de su adversario, e irritado por el acerbo dolor que sentir debía, arremetió al león, y haciéndole volar por los aires, a pesar de su magnitud, le acobardó de tal modo, que desde aquél momento quedó la victoria para el primero. Sentóse el león doliente y abatido, y el toro le volvió a embestir repetidas veces, hostigado por los que alrededor de la verja se hallaban, más bien que impedido por el deseo de concluir con su contendiente, al que no quería llegarse desde el momento en que le dio por vencido.”
Lucha entre el tigre César y el toro Hurón, en la plaza de toros de San Sebastián. 1904
Sin embargo, a este cronista se le olvidó escribir los hechos vergonzosos que ocurrieron después, y que otro colega sí recogió y dejó registrados en otro diario. Fueron estos:
“Cuando el león quedó gravemente herido y huía del toro para conservar la poca vida que aún le restaba, presenciamos una escena repugnante. Una manada de bárbaros bajó a la plaza, se acercó a la jaula y acabó con el pobre león de la manera más inicua. Unos le daban palos, otros le pinchaban con navajas, otros le arrojaban piedras y alguno de ellos le llegó a cortar la cola. Tampoco faltó quien poseído de estúpido entusiasmo, pidiese para el león vencido y moribundo banderillas de fuego. En una palabra, hicieron algunos tales herejías que la mayor parte del público abandonó la plaza indignado de que el corregidor diera lugar a semejantes excesos abandonando la presidencia de la plaza antes de lo que debía”.
Lucha entre un toro y un león.
El sadismo estaba ahí, pero el fondo del asunto era poner sobre el albero que la raza ibérica nada tenía que temer a lo que había de Pirineos para arriba y del estrecho para abajo; y leones, osos, hienas, lobos, zorros y elefantes servían para comprobarlo. Estos denigrantes espectáculos, que tanto gustaban a la nobleza, y por extensión a una buena parte del pueblo llano (se llegaban a poner trenes especiales para ir a ver el espectáculo a las ciudades donde se iban a celebrar), estuvieron vigentes hasta bien entrado el siglo XX. Una de las últimas luchas entre bestias en nuestro país tuvo lugar en 1904, conmemorando el primer aniversario de la construcción de la antigua plaza de toros del Chofre de San Sebastián. Tras la lidia clásica llegó el “plato fuerte”: la lucha entre un tigre de Bengala de nombre César y el toro Hurón de cinco años. Ganó este último, pero al parecer el público protestó defraudado. La sangre, según dijeron algunos, había sido exigua





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