EL CAMINO DE HIERRO: CURIOSIDADES DE UN PROYECTO SINGULAR - Tercera parte.
Domingo 9 de
febrero de 1851. La mañana amaneció fría, húmeda y nubosa, pero poco a poco el
sol fue asomando y, como a modo de complicidad por las horas de fiesta que se
avecinaban, fue dejando un cielo claro y despejado, casi primaveral. Desde muy
temprano, un gentío inmenso había invadido la parte exterior del embarcadero de
la estación madrileña Puerta de Atocha - llamada así por la
Puerta que en ese lugar existió tiempo atrás a la manera de la de Alcalá o la
de Toledo- que se había transformado de tal manera,
que daba la sensación de que los trenes estaban parados dentro de un Palacio.
Dos de las espaciosas salas estaban cubiertas de ricos tapices y multitud de
lámparas de araña pendían del techo. Muebles majestuosos traídos desde Palacio
adornaban dichas salas destinadas al descanso de la Reina, Familia Real,
Dignatarios de la Iglesia, del Estado, de las Cortes y de las altas
Corporaciones invitadas. Este día había sido el elegido para la inauguración de
la segunda línea ferroviaria de la península tras la de Barcelona-Mataró: la
línea Madrid-Aranjuez.
De las salas de descanso se pasaba directamente a los andenes cuyas paredes estaban así mismo decoradas con bellos tapices, y sus columnas orladas con guirnaldas de flores y bonitas colgaduras encarnadas de seda con franjas y flecos de oro. Inmediato al gabinete de la Reina estaba situado el trono, desde donde sus majestades deberían asistir a su bendición. Los alabarderos con su música formaban frente al trono, mientras a un lado y a otro de éste podía verse al Cardenal Arzobispo de Toledo y Patriarca de las Indias con su traje púrpura; los ministros dignatarios de Palacio; los Presidentes de las Cortes; los Duques de Osuna y otros miembros de la grandeza, las autoridades superiores de Madrid y la Junta Directiva de la Empresa del Ferrocarril: Señores de Salamanca, Brocca, Pastor, Bonal, Miranda, Calderón, Conde de Retamosa y Llorente. A un lado del andén se encontraban todos los invitados a realizar el primer viaje a Aranjuez y en el otro los invitados a ver la ceremonia. Toda la sociedad madrileña de la época se encontraba allí. Todos a la espera de que la reina Isabel II hiciese su entrada.
Vista de la estación
Puerta de Atocha en los días posteriores a su inauguración. Al fondo, el
antiguo Hospital General, hoy Museo de Arte Reina Sofía.
Apunte del natural. Anónimo.
A las once
menos cuarto el estruendo de los cañonazos y las músicas tocando la Marcha Real
anunciaron la llegada de la Reina. La Junta Directiva de la Empresa salió a
recibir a SS.MM. y pocos momentos después hacía su entrada por el andén
izquierdo la Reina acompañada por su augusto esposo D. Francisco de Asís, de la
Reina Madre Dª María Cristina y el infante D. Francisco de Paula con sus hijos
el infante D. Fernando y la infanta Dª Amalia. Tras ellos el duque de
Riánsares -esposo de la Reina Madre- sus hijas, la condesa de
Castillejo y la marquesa de Vista-Alegre, así como damas, gentil-hombres y
demás personas de la real servidumbre.
Colocados
SS. MM, la Reina y el Rey de pie delante de sus sillones, los ministros a su
izquierda, en el altar el Cardenal con los prelados y clérigos presentes y en
sus sitios los demás asistentes, el Sr. Salamanca, Presidente de la Junta
Directiva y como principal promotor del proyecto, se acercó a S.M. la Reina y
pronuncio una breve alocución a la que contestó ésta con gratitud y gran
benevolencia.
Seguidamente, el Cardenal comenzó el acto religioso de la
bendición. Bendijo primero los raíles y después colocándose de nuevo en el
altar comenzó a bendecir a las locomotoras. Eran estas siete y habiendo
encarrilado todas la vía principal penetraron majestuosamente en la estación.
Primero la gran máquina Hernán Cortés, después una sin nombre,
luego la Francisco de Asís, tras ésta otra sin nombre, después
la Cristina, luego la Madrileña y por último
la Isabel adornada con guirnaldas de flores, mientras la
música y los coros tocaban bellas piezas alusivas a la solemnidad del acto.
Terminada la
bendición de las instalaciones y de las locomotoras, éstas partieron rápidas a
buscar sus respectivos vagones. La Francisco de Asís corre
veloz a anunciar por toda la línea que el tren con el cortejo real se acerca.
Al frente de éste la Isabel, la locomotora más bella de todas.
La diestra mano del Ingeniero director de las obras D. Pedro Miranda conduce
seis magníficos carruajes de primera clase, en medio de los cuales iba el
impresionante vagón de la Reina, el carruaje más suntuoso y elegante que se
puede hacer idea: oro, molduras cinceladas y bellas y exóticas maderas labradas
por las manos expertas de los artesanos ebanistas de palacio, cubren su parte
exterior y a sus costados flanquean las armas reales. Por dentro es un pequeño
y exquisito palacio. Una sala con un diván otomano en el centro y confortables
butacas en todos los ángulos forrado todo de damasco azul da paso a dos
gabinetes, uno de ellos tapizado de tafilete carmesí destinado a la servidumbre
regia. Desde el gabinete principal se pasaba a un lindo tocador y a un elegante
retrete, (que los reyes también hacen sus necesidades, como cualquier humano).
Los
carruajes de primera clase, estaban divididos en tres departamentos con grandes
divanes, alfombras y tapices, ofreciendo todas las comodidades imaginables. En
el primero de ellos viajaban los señores de la Junta Directiva así como algunos
accionistas de la Compañía; en el segundo los ministros, los presidentes y
secretarios de ambos cuerpos co-legislativos y las autoridades principales de
Madrid; en el tercero SS. MM. la Reina y el Rey y demás personas de la familia
real; en el cuarto el cuerpo diplomático; en el quinto las personas de la
servidumbre, el duque de Riánsares, el confesor del Rey, el Cardenal,
capellanes de honor y demás eclesiásticos y algunos grandes de España; y en el
sexto varios invitados de Palacio y algunos accionistas.
Una vez que la Reina entró en su coche, donde ya se encontraba la Real Familia, un grito de ¡Viva la Reina! resonó en la multitud y un momento después el silbido de la locomotora anunció el arranque del tren regio siendo las doce y veinte minutos de la mañana. Quince minutos después se pone en marcha la segunda locomotora comandada por el ingeniero Sr. Montesinos con las altas corporaciones del Estado y media hora después el tercer tren mandado por el ingeniero Sr. Castro conduce a todos los invitados a tan magno acontecimiento: la política, la prensa, las letras y la sociedad elegante de Madrid cuentan entre sus numerosos representantes.
A su paso por las distintas poblaciones, multitud de personas se agolpaban a lo largo de los raíles para lanzar vítores a tan ilustres viajeros. Se calcula en unas trescientas mil personas, entre las que salieron al paso de los trenes y las que estaban en las estaciones de Madrid y Aranjuez, las que se desplazaron para presenciar el acontecimiento.
Una hora tardó el regio tren en culminar su recorrido, veinte minutos menos que el Legislativo, penetrando hasta el Patio de Armas del Real Palacio adonde llegaba el carril principal de la línea.*
Las tropas con sus músicas esperan; las fuentes han abierto sus surtidores y el sol a modo de saludo se refleja en las aguas del Tajo. El pueblo de Aranjuez estaba preparado para una fiesta. Toda su población se ha adelantado para recibir a los magnos e ilustres visitantes que Madrid envía. Daba comienzo una nueva era de prosperidad para la localidad.
El
convoy Real, haciendo su entrada a Aranjuez por el puente del Jarama.
La Reina era
esperada en el Palacio Real de Aranjuez por la corporación militar y local con
su Alcalde Corregidor Jorge de Arteaga a la cabeza. En las regias habitaciones,
una mesa con treinta cubiertos estaba suntuosamente preparada. Los comensales:
la Reina y toda la familia real, el duque de Riánsares con sus hijas, el
marqués de Malpica, el duque de Hijar, el conde de Pino-hermoso, el duque de Osuna,
el general de alabarderos Sr. Sanz, el cardenal arzobispo de Toledo, el marqués
de Alcañices, el obispo monseñor Lezo, el Presidente del Congreso, el Capitán
General de Madrid, el jefe político conde de Revillagigedo, todos los ministros
del Gobierno -excepto el de la Guerra que no pudo asistir por necesidades
del servicio- y D. José de Salamanca y D. Juan Manuel Calderón en
representación de la Empresa del ferrocarril a quienes la Reina dio muestras de
su satisfacción ante este proyecto.
Al mismo tiempo y
en el embarcadero de Aranjuez, aún sin concluir, la dirección de la Empresa
había dispuesto un delicioso y abundante buffet para los más de mil invitados
que iban llegando en los distintos trenes. A su llegada, los invitados
pudieron comprobar por sí mismos, que en una hora se podían recorrer los 50
kilómetros que separaban Madrid de Aranjuez, y, que al descender de los
vagones, habían llegado sanos y salvos, sin desvanecimientos, sin arritmias, ni
sin ninguna otra alteración somática que, los escépticos a este nuevo medio de
transporte, habían augurado que iba a provocar tal velocidad.
Suculentos manjares
regados con buen vino español y francés junto con deliciosas frutas y
refrescantes helados hicieron que la fiesta no decayese un ápice. Varios
invitados, entre los que se encontraban algunos jóvenes del Cuerpo de
Ingenieros y Caminos invitados al evento prolongaron el almuerzo en la Fonda de
Regina, -suntuoso establecimiento recientemente instalado en
Aranjuez- donde alzando espumosas copas de champagne se pronunciaron
elocuentes brindis por el señor Salamanca y por que el próximo proyecto
inmediato fuese llevar el ferrocarril al mar.
A las cinco
de la tarde los trenes estaban nuevamente dispuestos, las máquinas encendidas y
sus silbidos resonando en el aire. A las cinco y media la Familia Real se
acomodó en su carruaje y el primer tren se puso en marcha inmediatamente.
Seguidamente y con el intermedio de 10 minutos arrancaron también los otros dos
trenes.
Al llegar a
la estación de Valdemoro el tren Real, se detuvo algún tiempo para que S. M. la
Reina viese el efecto que producía su encuentro con el segundo, el cuál se
adelantó entonces. Durante ese tiempo los vivas y aclamaciones de los vecinos
no desfallecieron ni un momento.
Por último,
el tren soberano entró en el embarcadero de la puerta de Atocha a las siete y
veinte minutos de la noche, saliendo a recibirle con hachones encendidos los
lacayos de Palacio. Los regimientos que esperaban con su música comenzaron a
tocar la Marcha Real mientras las salvas de artillería alternaban con ellas. El
gentío, aún a pesar del frío, esperaba impertérrito a la regia comitiva que,
precedida de los jefes de palacio y seguida de un piquete del cuerpo de
alabarderos, se dirigió a tomar sus coches que allí mismo esperaban,
encaminándose a palacio. Poco a poco la estación se iba quedando
vacía. Había finalizado un evento histórico e inolvidable, para cuantos
habían tenido la fortuna de poder presenciarlo.
* Llegados a este punto de la narración, sería interesante dejar aclarado que jamás existieron raíles de plata en los últimos metros del recorrido del convoy en la plaza de armas de palacio, y que fue más bien producto del mito popular que de la realidad histórica.
(Continuará)
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