El andarín Bargossi
De Aquiles Bargossi a Jesús Sánchez Pascuala: un siglo de locura, zapatilla y resistencia en Aranjuez.
Hoy en día, basta con asomarse a nuestros jardines
históricos, dejarse caer por la majestuosa Calle de la Reina o perderse por
cualquier rincón frondoso de nuestro Real Sitio para cruzarse con una multitud
de caminantes y corredores de ambos sexos. Es una estampa cotidiana y llena de
vida donde aficionados de toda condición generacional —desde jóvenes
entusiastas hasta veteranos incombustibles— se entregan al noble arte del
deporte, devorando kilómetros y gastando suela bajo la mirada y la sombra
protectora de nuestros monumentales plátanos centenarios. Una gran mayoría ellos
incluso lucen zapatillas de última generación con cámara de aire, relojes
inteligentes que miden hasta el alma y toman bebidas energéticas de sabores
exóticos para no desfallecer en la ruta. Sin embargo, a finales del siglo XIX
hubo un tipo que revolucionó estos mismos parajes con un equipamiento —y una
dieta— bastante menos tecnológica. Olvidaros del calzado de fibra de carbono y
prendas que evitan la absorción del sudor, priorizan la ergonomía para evitar
rozaduras, incluyen detalles reflectantes y añaden prácticos bolsillos para
dispositivos electrónicos: este buen hombre se plantaba en los caminos de
tierra y piedras con trajes de hilo y vulgares alpargatas para correr; unas
alpargatas que, lógicamente, terminaba fundiendo y destrozando en las primeras
leguas de marcha y que, forzosamente, tenía que sustituir. Y si pensáis que
para recobrar el resuello utilizaba bebidas isotónicas, vais listos: el buen
señor se hidrataba a base de tragos de agua con vinagre, un brebaje puramente
romano que usaba para engañar a la sed y mantener los músculos a tono. Hablamos
de la fiebre de los "andarines" y, concretamente, de cómo Aranjuez
acabó siendo el escenario de una de las mayores excentricidades atléticas de la
época. Pero vayamos por partes, porque para entender el jaleo que se montó en
nuestros caminos, primero hay que conocer al personaje.
A finales del siglo XIX, España se rindió ante una moda tan fascinante como olvidada: la figura del "andarín". En este contexto de locura colectiva brilló con luz propia el protagonista de nuestra historia, Achilles Bargossi (cuyo nombre se castellanizó rápidamente como Aquiles). Nacido en Forlí (Italia) en 1847, este hombre se convirtió en una de las mayores celebridades mundiales del "pedestrianismo", el pomposo nombre que recibían entonces las exhibiciones de resistencia a pie.
En nuestro país, donde arrastró auténticas masas durante las décadas de 1880 y 1890, la prensa de todo el Estado lo apodó «El hombre locomotora» por su increíble velocidad y fondo físico. Bargossi no competía contra otros corredores convencionales, sino contra el reloj y contra la propia naturaleza. Su principal reclamo publicitario consistía en retar a caballos en carreras de resistencia, presentándose en las plazas de toros españolas y apostando fortunas (como los 2.000 reales que ofreció en Madrid) a que ningún equino al trote podía aguantar su zancada en un circuito circular de larga distancia.
Además, sus funciones eran auténticos shows de variedades predeportivos. Antes del plato fuerte, su propia esposa y su hijo salían a la pista a realizar pequeñas carreras de exhibición para calentar al respetable; un concepto entrañable de conciliación familiar bajo el sol y el polvo del coso. Semejante espectáculo de masas le llevó a meter a casi 10.000 personas en la plaza de toros de Madrid solo para verle competir en traje rojo y zapatos blancos. Todo un dandy del esprint.
Como era de esperar ante semejante despliegue, las envidias y las malas lenguas de la época no tardaron en acusar a Bargossi de ser un simple farsante; sugerían con maldad que en los tramos del camino donde nadie le veía se subía secretamente a algún carruaje tapado para descansar las piernas. Sin embargo, por más que lo intentaron, los comités de jueces oficiales que le seguían muy de cerca a caballo jamás pudieron cazarle en un solo renuncio. Y es que el italiano era, ante todo, un genio absoluto del marketing que sabía que para llenar las plazas de toros primero tenía que ganarse al personal con una machada publicitaria descomunal.
Y fue un día tal como hoy, de hace exactamente 144 años, cuando se produjo en nuestro pueblo el evento definitivo que sirvió para acallar los rumores. Corría agosto de 1882 cuando Bargossi pensó: «¿Qué hay más señorial y desafiante que correr desde el Palacio de Aranjuez hasta la mismísima Corte de Madrid?». De esta manera fue como se anunció en la prensa de la época un evento que hoy colapsaría la A-4: «A las nueve y media de la mañana saldrá el Sr. Bargossi de Aranjuez, con el propósito de llegar a Madrid en cinco horas». El reto no era solo la distancia (los 50 kilómetros a pie plano bajo el amable y fresco sol de un 15 de agosto madrileño), sino que prometió que lo haría dejando atrás a los jinetes y caballos que intentaran seguirle el ritmo. Imaginaos la estampa arancetana de aquel verano: Bargossi estirando gemelos junto a la puerta del Hotel Pastor, donde estaba alojado, mientras una legión de curiosos le miraban pensando que le faltaba un tornillo. A la hora señalada, el italiano activó sus bielas humanas y salió disparado hacia el norte. Las crónicas cuentan que el trayecto fue un auténtico calvario... pero para los caballos. El "Hombre Locomotora" impuso un ritmo tan endiablado que varios de los jinetes y equinos que salieron con él desde Aranjuez tuvieron que retirarse reventados a mitad de camino, incapaces de seguir la zancada de aquel extranjero poseído. Semejante evento levantó tal expectación y locura entre nuestros antepasados que dio lugar a una de las anécdotas más divertidas de la historia ferroviaria local. Como en el siglo XIX no existían aplicaciones para saber por dónde iba el corredor, los aficionados locales idearon su propio método de "seguimiento en directo" usando la línea ferroviaria. Muchos curiosos subían al tren en la estación de Aranjuez y calculaban los tiempos para apearse con antelación en los pueblos intermedios como Ciempozuelos, Valdemoro o Pinto. Esperaban pacientemente a que el italiano pasara a pie junto a la estación por los caminos cercanos, le jaleaban efusivamente y, una vez que continuaba su marcha, se subían al próximo tren y se bajaban en la siguiente parada de la línea para volver a recibirle entre aplausos. ¡Un auténtico acoso y derribo animado en vagones de tercera clase!
Cuando Bargossi llegó al Puente de Toledo en Madrid, a las cinco horas exactas, la multitud era tan gigantesca que el tráfico de carruajes quedó colapsado. ¡Y el tipo, para chulear un poco más, tras fundirse varias alpargatas de esparto desde Aranjuez se fue a caminar otra hora y media por El Retiro porque se había quedado con ganas de más! Aquella machada publicitaria, realizada de forma gratuita y sin cruce de apuestas, fue el anzuelo perfecto para inflar su leyenda y preparar los bolsillos del público para sus siguientes desafíos. Por cierto, que para exhibiciones de resistencia, el italiano guardaba otros ases en la manga: en sus espectáculos en las plazas de toros era capaz de encerrarse en el coso y someterse a caminatas ininterrumpidas de hasta 16 o 24 horas de marcha para asombro de los médicos de la época, que se mostraban escandalizados —pero fascinados— por cómo un cuerpo humano era capaz de aguantar ese ritmo bajo el sol agosteño del camino de Aranjuez calzando alpargatas ordinarias y recuperando el aliento únicamente a base de enjuagues de agua con vinagre. Lo trataban literalmente como un misterio biológico, confirmando el apodo que le puso el público de «el hombre-locomotiva» demostrando que tenía más de máquina de vapor que de ser humano.
A pesar de promocionarse por toda Europa y América como un corredor imbatible gracias a hazañas como sus salidas desde Aranjuez, el paso de Bargossi por España quedó marcado por una derrota histórica que dio origen a una leyenda del deporte español. El 22 de octubre de 1882, entre una gira y otra, Bargossi organizó un gran desafío en la Plaza de Toros de Zaragoza donde competiría contra un caballo y contra cualquiera que se atreviera a seguirle. Allí se presentó un joven humilde de Huesca llamado Mariano Bielsa y Latre, apodado «Chistavín de Berbegal». Zaragoza entera contuvo el aliento en un coso abarrotado hasta la bandera. Ante la sorpresa de los miles de asistentes, el corredor aragonés humilló a la «Locomotora Humana» completando 81 vueltas al coso antes que nadie. Aquella victoria catapultó a Chistavín como el gran héroe local y eclipsó en parte la imbatibilidad de la que presumía el italiano. A Bargossi le dolió tanto ver volar sus billetes que, lejos de asumir la derrota con deportividad, recurrió a la picaresca: se negó en redondo a pagar la apuesta argumentando falsas cláusulas contractuales sobre el número de vueltas, empaquetó sus cosas de madrugada y huyó hacia Barcelona dejando a Chistavín con un palmo de narices. ¡Un auténtico "simpa" atlético en toda regla!
Bargossi representó la transición exacta entre los antiguos mensajeros a pie (el viejo oficio de "andarín") y el nacimiento del deporte-espectáculo moderno. Aunque siguió viajando por el mundo y haciendo exhibiciones kilométricas durante años, con el cambio de siglo el interés por estas atracciones circenses de resistencia fue disminuyendo a medida que ganaban terreno deportes reglamentados como el ciclismo o el atletismo de pista. Hoy en día, cuando veamos a nuestros vecinos sufrir haciendo running por la Calle de la Reina con sus equipaciones de última generación, deberíamos recordar que mucho antes que ellos, un italiano loco destrozó las piernas de los mejores caballos de la zona en una marcha de 50 kilómetros calzando simples alpargatas y bebiendo agua con vinagre.
Sin embargo, las locuras de Bargossi y aquella irrepetible fiebre decimonónica por el "pedestrianismo" no cayeron en saco roto. Dejaron en Aranjuez una semilla invisible de resistencia que terminaría germinando con fuerza un siglo después. Porque si el italiano nos asombró devorando leguas en alpargatas, la crónica contemporánea de nuestro municipio nos obliga a ponernos en pie para recordar a nuestro propio titán de la zapatilla: Jesús Sánchez Pascuala. Si el nombre no te suena de primeras, tal vez ayude saber que regentaba el popular comercio local de la calle Almíbar conocido como Saldos Maravillas. Fue a finales del siglo XX, concretamente entre los años 1997 y 1998, cuando este andarín puramente ribereño recogió de forma inconsciente el testigo histórico de Bargossi para firmar proezas que hoy nos siguen pareciendo de ciencia ficción. Sánchez Pascuala demostró que los límites humanos estaban hechos para romperse desde las calles del Real Sitio. Primero lo hizo templando las piernas en los imponentes 100 kilómetros del trayecto Madrid-Segovia. Pero su verdadera cumbre —su particular desafío al sol y al asfalto— llegó en el asfixiante agosto de 1998. Con un par de narices y desafiando el rigor implacable del verano, Jesús se lanzó a unir a pie Aranjuez con la localidad sevillana de Écija. El resultado de aquella genial locura veraniega fueron nada menos que 405 kilómetros de agónica marcha, devorando el mapa de España a golpe de zancada y pundonor. Así, más de cien años después de que «El Hombre Locomotora» hiciera levantar las cejas a nuestros tatarabuelos junto al Hotel Pastor, Jesús Sánchez Pascuala demostró que el gen del caminante infatigable seguía vivo, latiendo con fuerza en el pecho de la gente de Aranjuez. Dos épocas, dos tecnologías y dos nombres unidos para siempre en el pedestal de la historia local de la resistencia.
A modo de curiosidad, os dejo la crónica del evento publicada por el periódico liberal El Imparcial; un texto que no tiene desperdicio.
EL IMPARCIAL
Miércoles 16 de agosto de 1882.
Bargossi, el andarín acelerado.
Hace algunos días, cuando la prensa anunciaba que Mr. Bargossi, el
hombre-locomotora, se comprometía a recorrer cincuenta kilómetros en cinco
horas, todos o
casi todos los lectores de esa noticia creyeron que se trataba de un camelo más en la serie de los
que suelen regalarnos ciertos apócrifos artistas de allende el Pirineo. El
número de los, creyentes era tan escaso, que, a lo sumo, podría ser contado por
docenas. Pero, ¿quién es Mr. Bargossi?—preguntaban las gentes.
Bargossi es un hombre que representa unos treinta y dos o treinta y
cuatro años, bajo de estatura, moreno, de mirada viva y penetrante, genio
inquieto, vivaracho. Su especialidad consiste en moverse de un punto a otro con
una rapidez que asombra. Alguien supone que si andando los tiempos, se llegase
a descubrir el movimiento continuo, a nadie más que á Bargossi se deberá la
resolución de tan arduo problema.
Ya el otro día tuvimos ocasión de recomendar a Bargossi para el cargo de ordenanza de
telégrafos.
Ayer, al verle recocer la distancia que media entre Aranjuez y Madrid,
hemos estado a punto de arrepentimos de la recomendación: Bargossi es capaz de
convertirse en hilo eléctrico, y, gracias a él, mucho podría ganar en velocidad
y exactitud el servicio telegráfico. Bien merece, pues, una categoría más
elevada que aquella para la cual le habíamos propuesto.
Podríamos hablar de su historia, de su carrera, o mejor dicho, de sus
carreras, porque es un hombre que ha corrido mucho y aprisa por todas las
carreteras civilizadas de Europa y África. Pero ¿a qué recordar los tiempos
pasados, si los presentes nos dan más que sobrada materia para decir algo
notable acerca deI célebre andarín italiano?
A las nueve de la mañana de ayer «todo Aranjuez» estaba congregado en
los alrededores de la fonda de Pastor. Allí estaban, a caballo, los oficiales
del regimiento Húsares de la Princesa, el brigadier Letona y algunos vecinos
del Real Sitio; diez o doce familias en coche; infinidad de hombres, mujeres y
chiquillos a pie, y un velocipedista. No faltaba más que un tren en marcha para
que estuvieran representados todos los medíos de locomoción terrestre.
— ¡Ahí está el andarín!... jAhora va a salir!.... ¡Aquel es!...
Dan las nueve y media, y el andarín no sale. En las filas de los curiosos
adviértese un ligero síntoma de contrariedad mal velada.
A las diez menos veinte aparece Bargossi en el dintel de la casa-fonda.
Viste sencillo traje de lanilla gris, botines Wanooa, sombrero de paja y unos
zapatos más flexibles que las babuchas morunas. Un latiguillo con empuñadura de
plata es la única defensa que se permite para librarse de mordeduras de canes.
Un coche, arrastrado por tres caballos, montan los representantes de la prensa
madrileña, encargados de seguir la pista al andarín.
A una .señal convenida, y a la
hora indicada, Bargossi empuña el látigo y
se lanza al trote largo por la
carretera que conduce a Madrid. Al trote largo también le siguen los
caballos y los coches; una parte de la multitud cruza a paso gimnástico el
puente colgante, y todos se alejan envueltos por una espesa nube de polvo.
Batalier, Silvela, Martínez Campos, Bonilla, los hermanos Letona y
algunos otros oficiales de húsares espolean a sus caballos, oyese el chasquido
de cien látigos, los gritos de los mayorales y el confuso rumor de la multitud
que sigue de cerca al hombre-locomotora por aquel camino polvoriento, sucio,
sembrado de guijos y de baches.
El espectáculo es originalísimo. Aquella cerrada columna que marcha, escoltada por cuatro guardias civiles a caballo, en seguimiento de un hombre, tiene algo de fantástico.
Bargossi recorre en 18 minutos la primera legua, y en 20 más la segunda.
Al llegar a ésta, algunos caballeros vuelven riendas para dar descanso a sus
trotones. Un joven lebrel cae muerto de fatiga casi entre los pies del andarín.
¡Pobre perro! Se hacen algunos chistosos comentarios sobre esta desgracia
canina, y luego la columna prosigue su no interrumpida marcha.
A perro muerto, perro puesto, otro lebrel, salido de no se sabe dónde,
ocupa el lugar del primero, y no lo abandona hasta que el cansancio le obliga a
disminuir el movimiento de sus piernas; pero muere también, aplastado por la
pisada de un caballo.
Quedan ya muy lejos el puente y la cuesta de la Reina, que Bargossi
recorre con valeroso ánimo y ligeras piernas. De cuando en cuando, y sin
detenerse, toma un sorbo de café frío, haca unas cuantas piruetas, y sólo habla
para quejarse del mal estado da la carretera. “Cattira sirada.'...
¿Cómo va ese valor?—le gritan los de la escolta. ¡Molto bene, molto bene!:—replica.
Tan bien, que un sol abrasador amenaza con reducir al estado de
evaporación a cuantos siguen al andarín. Al andarín le tiene sin cuidado, por
lo visto, que sus perseguidores suden la gota gorda. Algunos adoptan la
prudente resolución de volver grupas, y antes de finalizar la tercera legua, ya
no forman en la escolta si no cuatro oficiales de húsares, dos guardias civiles
y el coche de la prensa.
Divisase a lo lejos compacta multitud que ocupa las avenidas de un
pueblo. Allí debe hacer alto por breves instantes el hombre locomotora, en uso
de un perfecto derecho que nadie puede negarle. Aquel pueblo es Valdemoro, y aquella multitud es todo el
pueblo, con alcalde, médico, boticario y cura inclusive.
Son las once y veinticinco minutos. Cuatro leguas recorridas en menos de
dos horas. Y Bargossi, tan fresco como si hubiera dado una vuelta alrededor de
su casa. El andarín, a quien los chiquillos y las mujeres examinan de
arriba abajo con curiosidad disculpable,
logra hacerse paso por entre las apretadas filas de observadores que Ie rodean,
y entra en una casa a reponer algo sus no muy debilitadas fuerzas. El médico le
toma el pulso después de auscultarle el corazón, y no advierte en él ningún
síntoma de alteración.
Cinco minutos antes de las doce, la comitiva emprende de nuevo la
marcha. Los oficiales de húsares no forman
ya parte de ella, con gran sentimiento del andarín y de los periodistas,
que se ven privados de tan buena y amable compañía.
La columna, a partir desde aquel sitio, no tiene ya nada de militar y sí
mucho de civil, quizás también de incivil.
Algunos carreristas de a pie intentan marchar a la par de Bargossi. Este
los deja enrolarse en la partida y después no tarda en cansarlos. Hay momentos en que la columna se compone
sólo del coche de la prensa, de un tratante en cereales que, montado en un ruin
caballejo, no pierde de vista al hombre-locomotora.
Eran ya las dos de la tarde cuando Bargossi hacía alto de Villaverde
para llenar de agua y vinagre una botella.
Por supuesto, que si la carretera es infernal entre Aranjuez y
Valdemoro, no puede ser peor entre Valdemoro y Villaverde. Desde este último
punto a Madrid... infernal y peor.
A medida que Bargossi iba acercándose a la Villa y Corte, encontrábase
con nuevos y cada vez más numerosos grupos que lo imposibilitan hacer una
marcha desembarazada. Entre el galope de más de cien caballos, las pisadas de
la muchedumbre y el rodar de los carruajes, que levantaban una polvareda
inmensa, era difícil que el célebre andarín se abriera paso. Aquello no era ya
andar, sino asfixiarse.
En el ingreso del Puente de Toledo, los acompañantes de Bargossi comprendieron que le sería de todo punto imposible continuar la marcha. Reinaba tal confusión de gentes, carruajes y caballos, gracias a la ausencia de la guardia civil, que permitir al hombre-locomotora hacer el resto de la jornada a pie hubiera sido casi un crimen.
El Sr. Ducazcal se ofreció galantemente a conducirlo en su carruaje, y
así lo hizo hasta el Jardín del Buen Retiro. Eran las tres de la tarde, y
Bargossi había recorrido
en poco más de cinco horas los 50 kilómetros anunciados.
De Ia función que luego ejecutaron en el Jardín del Retiro Bargossi, su esposa y su hijo, poco podemos decir. La concurrencia fue numerosa; los andarines recogieron multitud de aplausos, y todo el mundo pudo admirar la ligereza, la habilidad y la maestría de que dieron pruebas los tres artistas mencionados.

Comentarios