REAL DECRETO SOBRE INDULTO QUE EL REY CONCEDE A LOS DESERTORES DE SUS
TROPAS QUE ACTUALMENTE SE HALLAN PRÓFUGOS Y ERRANTES DENTRO Y FUERA DE LOS
DOMINIOS ESPAÑOLES, Y A LOS QUE ESTÁN PRESOS EN LOS CUERPOS Y EN LOS PUEBLOS
CON TAL QUE NO TENGAN OTRO DELITO QUE EL DE LA DESERCIÓN Y EL DE CONTRABANDO, Y
LO HAYAN COMETIDO ANTES DE LA PUBLICACIÓN DE ESTE DECRETO. Aranjuez, 27 de abril de 1801
¡Pecadores, volved a casa! El "Perdón Express" de Aranjuez
En la primavera de 1801, mientras Carlos IV se paseaba por los jardines de Aranjuez preguntándose si el último reloj que había arreglado funcionaría bien o no, sus ministros tenían un dolor de cabeza monumental: les faltaban soldados y les sobraban "turistas" por cuenta propia, también conocidos como desertores. Así que el 27 de abril, ni cortos ni perezosos, publicaron un Real Decreto que básicamente decía: "Vuelve, que no te vamos a hacer nada... de momento". Firmar esto en Aranjuez no fue por el buen clima. En aquel entonces, el Real Sitio era como el "War Room" de la época. Entre paseo y paseo, se cocinaban los pactos con un tal Napoleón Bonaparte, que tenía a España metida en un lío de tres pares de narices contra Portugal e Inglaterra. Manuel Godoy, el "Generalísimo" y favorito de la casa, estaba ya afilando los cuchillos para la inminente Guerra de las Naranjas. El problema logístico era mayúsculo: para ir a la guerra hacen falta señores que disparen, y demasiados reclutas habían decidido que se vivía mejor "prófugos y errantes".
El decreto era una oferta que los desertores no podían rechazar. El Rey perdonaba a los que se habían dado a la fuga, tanto si estaban escondidos en un pajar en Albacete como si estaban haciendo las Américas. Pero ojo, que la letra pequeña decía: "Solo si tu único hobby ha sido desertar o trapichear con tabaco". Si además de huir habías quemado un convento, ahí ya no llegaba la oferta. El contrabando se incluía en el pack porque, seamos realistas, el soldado que desertaba no se ponía a dar clases de latín; se dedicaba al mercado negro para no morir de hambre. En el derecho penal del Antiguo Régimen, la acumulación de infracciones (el llamado "concurso de delitos") agravaba las penas de tal forma que un indulto que solo cubriese la falta militar habría sido una trampa mortal; el soldado habría sido absuelto por su regimiento, pero inmediatamente encarcelado o mandado a presidio por la Superintendencia de Rentas Reales por el delito fiscal del contrabando. Al unificar ambos perdones en la misma firma, basándose en la jurisprudencia de las Ordenanzas de Carlos III, la Corona blindaba legalmente al retornado frente a cualquier tribunal del reino.
Este perdón no era solo para los de la Península; era un "Global Pass". En los Virreinatos americanos la cosa estaba calentita y los ingleses no paraban de chinchar. Perdonar a los desertores allí servía para dos cosas primordiales: reciclar soldados, ya que era mucho más barato perdonar a un tipo que ya sabía usar un mosquete que enseñar a un novato que no sabía ni por dónde salía la bala, y quitarle amigos a los ingleses. Muchos desertores acababan trabajando para los británicos en el contrabando marítimo. Con el indulto, la Corona les decía: "Oye, deja de ayudar al enemigo y vuelve a mi bando, que aquí se come mejor, y además te perdonamos".
Si crees que hoy en día es difícil encontrar motivación para ir a la oficina, imagina ser un recluta en 1800. La deserción no era un capricho; era la respuesta lógica a un sistema que te trataba peor que a una mula de carga. La dieta del soldado era básicamente pan duro, legumbres con piedras y algún bicho, y agua de dudosa procedencia. En la historia del Ejército de Tierra, el "rancho" era tan legendario por su mala calidad que muchos soldados pensaban que si iban a morir de hambre, mejor que fuera en el monte comiendo bellotas, que al menos estaban frescas. El hambre era el mejor reclutador para las bandas de contrabandistas. En aquella época, el reclutamiento no era muy selectivo. Se hacían las famosas "levas de vagos y maleantes". Si estabas en la plaza del pueblo sin hacer nada, las autoridades te reclutaban a la fuerza y ya eras soldado del Rey. Imagina el entusiasmo de estos "voluntarios" por morir por una frontera que ni sabían dónde estaba; su primera misión solía ser siempre buscar la salida más cercana.
Como decía el decreto que estamos diseccionando, la deserción y el contrabando iban de la mano. El desertor era un experto en logística: conocía los caminos secundarios, sabía manejar un arma y, sobre todo, sabía cómo no ser visto. Muchos se convertían en especialistas en el tráfico de tabaco y sal. Era mucho más rentable pasar fardos por la frontera de Portugal que esperar una paga que nunca llegaba o que se quedaba por el camino en los bolsillos de algún oficial. En las Indias, la deserción era un deporte de riesgo pero con premio gordo. Si lograbas desaparecer en la selva o en las bulliciosas ciudades coloniales, podías empezar de cero. Algunos desertores eran tan hábiles que terminaban trabajando para los ingleses, que pagaban mejor y tenían mejor ginebra. El indulto de 1801 fue un intento desesperado por decirles que, aunque los ingleses tuvieran mejores barcos, la Corona española ofrecía un papel firmado por el Rey que garantizaba que no los matarían. Antes de este decreto, si te pillaban, el castigo podía ser "correr baquetas" —pasar entre dos filas de soldados que te daban de palos— o, directamente, el patíbulo. Al llegar 1801, la Corona se dio cuenta de que un soldado apaleado no sirve para disparar, pero un desertor perdonado es mano de obra barata y con experiencia. Además de la Pena de Baquetas, si tenías suerte y no te fusilaban, te mandaban a los Presidios de África o a las peligrosas minas de Almadén, donde el trabajo consistía en mover piedras hasta que se te olvidara tu nombre. Muchos desertores preferían jugársela de nuevo y desertar del propio presidio, lo cual ya era nivel experto. En algunos periodos se utilizaba incluso el marcaje físico a fuego con la letra "D" de desertor, para evitar que intentaran alistarse en otro regimiento para cobrar de nuevo la prima de enganche, una estafa muy común de la época. Este Real Decreto fue un alivio para los propios mandos, permitiéndoles recuperar a sus fuerzas sin gastar pólvora en ejecuciones.
Cuando un desertor se presentaba para acogerse al Real Decreto de Aranjuez, sabía que necesitaba una historia convincente; no podía decir simplemente que el sargento era un ogro o la sopa sabía a calcetín, sino que tenía que echarle drama y mucha cara. En los procesos judiciales militares de la época donde hemos buceado, encontramos excusas de lo más creativas y que además fueron ciertas. Estaba el clásico del "secuestro por fuerzas del más allá", donde el soldado juraba que fue embrujado por una moza o un espíritu del bosque que le hizo perder el juicio y mover los pies solos. Si convencías al capellán del regimiento, tenías medio perdón en el bolsillo. Otra opción era la "amnesia selectiva", alegando que tras un golpe o una fiebre por exceso de vino barato, se despertaron a 50 leguas de su cuartel sin saber quiénes eran, hasta que milagrosamente, al leer el edicto del Rey en una tapia, la memoria les volvía de golpe y recordaban que eran granaderos de Carlos IV.
Tampoco faltaba la "fuga por amor",
presentándose como caballeros andantes que huían para salvar a su amada de un
boticario malvado; si el oficial era un romántico, la pena se reducía
drásticamente. Los desertores de frontera utilizaban el "fui a por tabaco
y me perdí", afirmando que al cruzar a buscar tabaco o una vaca fueron
secuestrados por bandoleros que, casualmente, eran sus socios en el
contrabando. Finalmente, la más audaz era el "me alisté por error",
afirmando que el día de la leva estaban tan borrachos que pensaban que firmaban
un contrato para recoger aceitunas y, al ver el fusil en lugar de la vara,
huían en pánico a contárselo a su madre.
En definitiva, la deserción era la huelga general
de los soldados del siglo XIX. El Rey no les dio el indulto por ser un buenazo,
sino porque se quedó sin personal y el "departamento de recursos humanos" del ejército
estaba en pánico. Este Decreto de 1801 fue el precursor del borrón y cuenta
nueva; se dieron cuenta de que, para salvar el Imperio y quedar bien con
Napoleón, era mejor tener a un traidor arrepentido en la trinchera que a un
hombre libre en el monte, convirtiéndose en la primera gran campaña de
reciclaje de personal de la historia española. Y sí, se firmó en nuestro
querido Real Sitio de Aranjuez.
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