Una de las diversiones que más
gustaba a la reina Isabel II, durante sus estancias en Aranjuez en la época de
Jornadas, era hacer desplazamientos por el Tajo a bordo de las falúas reales,
que pacientemente esperaban a ser elegidas para tan regio fin, en la llamada
Casa de Marinos. El recorrido casi siempre era el mismo: salida de palacio en
coche descubierto, llegada al Embarcadero Real en los pabellones del Jardín del
Príncipe, donde se embarcaba, y desde allí hasta la Casa del Labrador surcando
las tranquilas aguas rio arriba. Tras un agradable paseo por la zona, escuchar alguna pieza musical y tomar un
refresco o un té, embarcar de nuevo para volver al punto de salida o bien hacer
el regreso a Palacio en calesa por la calle de la Reina.
Hasta que la Ciudad de Mahón regaló a la reina la suya propia en 1859, los paseos los solía hacer en la falúa que había usado su padre, Fernando VII y, tras la muerte de este, ocasionalmente, su madre María Cristina de Borbón. Aunque a ella, la que realmente le había gustado siempre era la que su abuelo Carlos IV había mandado construir y solía utilizar. Tenía esta embarcación una eslora de casi doce metros y portaba catorce potentes remos; fue construida, casi con toda seguridad, en los astilleros de Cartagena. En su zona real, unos comodísimos asientos de tafetán hacían más placentero el viaje. Disponía de una colgadura de pana verde, ricamente confeccionada y bordada con hilos de oro y plata, que portaba cuatro escudos también bordados en oro; uno de ellos regalo del Papa Pío VII, otro del rey de Nápoles (que lo era su hermano, Fernando IV) y los otros dos, obsequios de otros tantos monarcas europeos. Según los expertos de la época, el conjunto, había costado casi cuatro millones de reales cincuenta años atrás. Por ello, cuando la embarcación no se utilizaba, la costosa colgadura se guardaba en la Casa de Marinos, en un armario con puertas de cristal, para que se pudiese admirar.
Cuando el calor se hacía menos soportable, anunciando la llegada del
verano, la reina volvía a la Corte, dando fin a las Jornadas Reales en Aranjuez esa
temporada. Todos los enseres, ropas y
ajuares debían guardarse y preservarse para el siguiente año. También lo
referente a las embarcaciones reales.
A finales de Junio de 1852, al día siguiente de la marcha de la reina a Madrid, dando por finalizadas la estancia real de ese año en el Real Sitio, el jefe del apostadero dio instrucciones a sus subordinados para que abriesen el armario donde estaban las ricas colgaduras y las depositasen en un arcón, lo cerrasen con llave para mayor seguridad y lo remitiesen, bajo inventario, al palacio de Aranjuez, en uno de cuyos salones de la planta baja quedó depositado, como venía haciéndose año tras año.
Y como en la canción de Sabina, "el verano pasó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno"…y de nuevo, la Corte, se traslada a
pasar la primavera en Aranjuez. El personal de palacio recibió la orden, a
finales del mes de febrero, de preparar todo lo referente al servicio regio
unas semanas antes de la llegada de la reina. Las vajillas, las cristalerías,
los cubiertos, las telas, todo debía ser limpiado y estar dispuesto para ser
utilizado. También las embarcaciones y todo lo relacionado con ello, como las
colgaduras, que servirán para evitar los molestos, a veces, rayos de sol de
mediodía o mojarse durante alguna inoportuna tormenta primaveral.
Se cursó orden para que el arcón fuese sacado del salón donde se quedó
depositado el año anterior y llevado a casa del conserje, donde una vez
abierto, delante de varias personas, se constató que el arcón estaba vacío: la
colgadura había desaparecido. La puerta de la sala no había sido forzada, la
cerradura del arcón no estaba violentada y la tapa estaba intacta, pero aun así las valiosas telas
habían desaparecido. En el pueblo, el hecho causó gran revuelo cuando el diario La España, en su edición del 4 de marzo de 1853 se hizo eco de la noticia. No podían dar crédito de que alguien hubiese perpretado un robo sobre una pertenencia de la reina.
El hecho se puso inmediatamente en conocimiento del juez de Chinchón, a cuyo partido judicial pertenecía Aranjuez en aquellas fechas, quien de inmediato y como medida cautelar, probablemente por ser quien era la propietaria de lo robado, ordenó el ingreso en prisión de toda aquella persona por cuyas manos hubiese pasado la colgadura desde la casa de Marinos hasta el Palacio Real mientras se creaba una comisión investigadora para intentar averiguar quién o quienes habían sustraído la pertenencia real y sobre todo, de qué forma.
Pocos días después, y tras interrogar uno a uno a todos los encausados,
sólo quedó retenido un subalterno, que juró y perjuró que él no sabía nada de
lo que se le acusaba.
Pasadas unas semanas, las pesquisas llevadas a cabo por la policía por un lado, y por las autoridades del Real Patrimonio por otra, no avanzaban; nadie había visto nada, nadie sabía nada... por lo que se decidió dar por cerrada la investigación, quedando oculta para siempre la autoría y la forma en que se llevó a cabo el robo, ya que la colgadura nunca apareció.
Curiosamente, entre las características que cita Patrimonio Nacional sobre esta Real Embarcación en sus distintas publicaciones, no dice nada sobre el robo de la colgadura. La que existe actualmente, nada tiene que ver con la original.
Fuentes: La España: 4 de Marzo de 1853; El Áncora: 6 Marzo 1853.

.png)
Comentarios