ROBOS, HURTOS Y SUSTRACCIONES.   



             EL CASO DE LA COLGADURA DESPARECIDA




                                                                 Falúa de Carlos IV





     La tentación de poseer algún objeto que hubiese pertenecido o pertenezca a la monarquía, es algo que alguna vez a todos se nos ha pasado por la cabeza, no lo neguemos. Para conseguirlos existen varias alternativas: comprarlos en alguna subasta, anticuario, feria de antigüedades... o recurrir al "mangoneo". A veces nos desayunamos con alguna que otra crónica dirigida en este sentido. No hace mucho, saltó la noticia de la confesión que hizo la actriz Olivia Colman,   -curiosamente la que interpreta a la reina Isabel II en la serie The Crown-    de que su marido "robó un rollo de papel higiénico del Palacio de Buckingham, sólo por presumir de que el objeto había estado en el Palacio". Los tabloides ingleses, al hilo de esta noticia, aprovecharon la ocasión para recordar otros hurtos de ese tipo producidos en Buckingham Palace, como el que protagonizó la presentadora de la televisión británica Denise Van Outen, que se largó con una caja de pañuelos y un cenicero, que más tarde tuvo que devolver avergonzada, porque la pillaron, o la Spice Girl Emma Bunton, que se llevó de "recuerdo" la señal del baño de señoras existente en la zona de visitas. Más allá de estas anécdotas de la sustracción de minucias, si de lo que se trata es de perpetrar el robo de obras de arte, joyas y demás exquisiteces de un edificio palaciego es tarea harto complicada, además de arriesgada. 
     En nuestro país, también se roba (dejo al lector que se tome la frase como mejor prefiera). En el Palacio Real de Madrid se ha dado algún que otro caso de desaparición, en las recepciones que allí tienen lugar, de alguna cucharilla de café, según cuentan los responsables de Patrimonio Nacional, que  reconocen que “...durante las cenas de Estado en el comedor real es más difícil, pero durante el café, que se toma de pie en la sala Gasparini, es muy factible llevarse de recuerdo una cucharita". La Casa Real es consciente de la fascinación que se puede sentir por llevarse una “chuchería” como souvenir, así que en las bodas de las Infantas Elena y Cristina y en la de los entonces Príncipes de Asturias se sirvió el banquete en una vajilla, cubertería y cristalería de inferior pedigrí para evitar daños incalculables en las piezas históricas que están a cargo de Patrimonio Nacional. Y eso que los invitados eran Vip's. De hecho, en la boda de Don Felipe y Doña Letizia, tan solo la mesa presidencial contó con la vajilla y cubertería de las Colecciones Reales. El resto de comensales, hasta los mil quinientos, comieron en piezas alquiladas, y de estas piezas son las cucharillas que muchos tienen hoy en su casa, y hasta ahí llega el "botín".
     En la época actual sería temerario, además de prácticamente imposible, perpetrar un robo de algo de mucho más valor que una cucharilla de las dependencias palaciegas, que es lo que nos va a ocupar. Los sofisticados sistemas de protección instalados, sumados a la custodia que día y noche hacen los vigilantes de seguridad de las obras de arte existentes en ellos convierten en utopía cualquier atisbo de sustracción de lo allí expuesto. 
     Sin embargo, no siempre los tesoros que albergan estas dependencias han estado así de protegidos. En Aranjuez, durante el siglo XIX y parte del XX fueron varios los expolios que el Palacio Real, la Casita del Labrador y la Casa de Marinos, y alguna que otra dependencia pública han padecido. En unos casos lo sustraído se recuperó; en otros, desafortunadamente, desaparecieron para siempre y, probablemente hoy, estarán decorando alguna pared o algún mueble en alguna desconocida y suntuosa villa o palacete.
     En el presente artículo, y en otros sucesivos que irán apareciendo, vamos a repasar los más curiosos de todos ellos. Sustracciones que, aunque desconocidas por la mayor parte del público, no están del todo olvidadas. 




LA COLGADURA DE LA FALÚA DE CARLOS IV

     Una de las diversiones que más gustaba a la reina Isabel II, durante sus estancias en Aranjuez en la época de Jornadas, era hacer desplazamientos por el Tajo a bordo de las falúas reales, que pacientemente esperaban a ser elegidas para tan regio fin, en la llamada Casa de Marinos. El recorrido casi siempre era el mismo: salida de palacio en coche descubierto, llegada al Embarcadero Real en los pabellones del Jardín del Príncipe, donde se embarcaba, y desde allí hasta la Casa del Labrador surcando las tranquilas aguas rio arriba. Tras un agradable paseo por la zona, escuchar alguna pieza musical y tomar un refresco o un té, embarcar de nuevo para volver al punto de salida o bien hacer el regreso a Palacio en calesa por la calle de la Reina.

     Hasta que la Ciudad de Mahón regaló a la reina la suya propia en 1859, los paseos los solía hacer en la falúa que había usado su padre, Fernando VII y, tras la muerte de este, ocasionalmente, su madre María Cristina de Borbón. Aunque a ella, la que realmente le había gustado siempre era la que su abuelo Carlos IV había mandado construir y solía utilizar. Tenía esta embarcación una eslora de casi doce metros y portaba catorce potentes remos; fue construida, casi con toda seguridad, en los astilleros de Cartagena. En su zona real, unos comodísimos asientos de tafetán hacían más placentero el viaje. Disponía de una colgadura de pana verde, ricamente confeccionada y bordada con hilos de oro y plata, que portaba cuatro escudos también bordados en oro; uno de ellos regalo del Papa Pío VII, otro del rey de Nápoles (que lo era su hermano, Fernando IV)  y los otros dos, obsequios de otros tantos monarcas europeos. Según los expertos de la época, el conjunto, había costado casi cuatro millones de reales cincuenta años atrás. Por ello, cuando la embarcación no se utilizaba, la costosa colgadura se guardaba en la Casa de Marinos, en un armario con puertas de cristal, para que se pudiese admirar.

     Cuando el calor se hacía menos soportable, anunciando la llegada del verano, la reina volvía a la Corte, dando fin a las Jornadas Reales en Aranjuez esa temporada. Todos  los enseres, ropas y ajuares debían guardarse y preservarse para el siguiente año. También lo referente a las embarcaciones reales.

    A finales de Junio de 1852,  al día siguiente de la marcha de la reina a Madrid, dando por finalizadas la estancia real de ese año en el Real Sitio, el jefe del apostadero dio instrucciones a sus subordinados para que abriesen el armario donde estaban las ricas colgaduras y las depositasen en un arcón, lo cerrasen con llave para mayor seguridad y lo remitiesen, bajo inventario, al palacio de Aranjuez, en uno de cuyos salones de la planta baja quedó depositado, como venía haciéndose año tras año.

     Y como en la canción de Sabina, "el verano pasó, el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno"…y de nuevo, la Corte, se traslada a pasar la primavera en Aranjuez. El personal de palacio recibió la orden, a finales del mes de febrero, de preparar todo lo referente al servicio regio unas semanas antes de la llegada de la reina. Las vajillas, las cristalerías, los cubiertos, las telas, todo debía ser limpiado y estar dispuesto para ser utilizado. También las embarcaciones y todo lo relacionado con ello, como las colgaduras, que servirán para evitar los molestos, a veces, rayos de sol de mediodía o mojarse durante alguna inoportuna tormenta primaveral.

     Se cursó orden para que el arcón fuese sacado del salón donde se quedó depositado el año anterior y llevado a casa del conserje, donde una vez abierto, delante de varias personas, se constató que el arcón estaba vacío: la colgadura había desaparecido. La puerta de la sala no había sido forzada, la cerradura del arcón no estaba violentada y la tapa estaba intacta, pero aun así las valiosas telas habían desaparecido. En el pueblo, el hecho causó gran revuelo cuando el diario La España, en su edición del 4 de marzo de 1853 se hizo eco de la noticia. No podían dar crédito de que alguien hubiese perpretado un robo sobre una pertenencia de la reina.

     El hecho se puso inmediatamente en conocimiento del juez de Chinchón, a cuyo partido judicial pertenecía Aranjuez en aquellas fechas, quien de inmediato y como medida cautelar, probablemente por ser quien era la propietaria de lo robado, ordenó el ingreso en prisión de toda aquella persona por cuyas manos hubiese pasado la colgadura desde la casa de Marinos hasta el Palacio Real mientras se creaba una comisión investigadora para intentar averiguar quién o quienes habían sustraído la pertenencia real y sobre todo, de qué forma. 

     Pocos días después, y tras interrogar uno a uno a todos los encausados, sólo quedó retenido un subalterno, que juró y perjuró que él no sabía nada de lo que se le acusaba. Era evidente de que un solo individuo no era capaz de llevar a cabo el hurto, pues la colgadura pesaba demasiado para hacerlo una única persona, así que lo único que la autoridad tenía claro era que el robo se había realizado entre varios sujetos, por lo que el detenido fue puesto en libertad por falta de pruebas.

     Pasadas unas semanas, las pesquisas llevadas a cabo por la policía por un lado, y por las autoridades del Real Patrimonio por otra, no avanzaban; nadie había visto nada, nadie sabía nada... por lo que se decidió dar por cerrada la investigación, quedando oculta para siempre la autoría y la forma en que se llevó a cabo el robo, ya que la colgadura nunca apareció.

     Curiosamente, entre las características que cita Patrimonio Nacional sobre esta Real Embarcación en sus distintas publicaciones, no dice nada sobre el robo de la colgadura. La que existe actualmente, nada tiene que ver con la original.




Colgadura actual






Fuentes:   La España: 4 de Marzo de 1853; El Áncora: 6 Marzo 1853.            




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