Goya: La Tauromaquia. "Un moro atrapado por el toro en la plaza"



La cuadrilla marroquí que revolucionó el Aranjuez de 1899 sin pisar el ruedo.

En apenas unos días, arranca una nueva edición de nuestras emblemáticas Fiestas del Motín (otro día hablaremos de esta paradoja: rememorar en septiembre lo que ocurrió en marzo), unas fechas en las que el Real Sitio se llenará de música, atracciones de feria, alegría, diversión y, por supuesto, de la esperada y tradicional cita taurina en nuestro histórico coso. Sin embargo, mientras los aficionados tachan los días en el calendario para ir a los toros, las tertulias y los telediarios de este verano no paran de echar humo debatiendo sobre las siempre complejas relaciones entre España y Marruecos, al hilo de las tensas noticias que nos llegan diariamente desde la frontera de Ceuta con la entrada masiva de ciudadanos del país vecino. En mitad de este caldeado ambiente geopolítico, resulta fascinante e indispensable echar la vista atrás para descubrir que la convivencia, la picaresca y los espectáculos compartidos con nuestros vecinos norteafricanos en las riberas del Tajo supusieron tiempo atrás una desternillante y bendita vía de escape frente a los problemas cotidianos.

Si viajamos en el tiempo algo más de un siglo, descubriremos que Aranjuez ya albergó en sus propias calles a una avanzadilla norteafricana dispuesta a romper todos los moldes con un capote y una chilaba. En la primavera de 1899, España arrastraba una de las peores resacas morales y políticas de su historia. Con los desastres coloniales de la Guerra de Cuba y Filipinas del año anterior minando el ánimo general, el país vivía sumido en un bajón monumental en el que sus ciudadanos buscaban desesperadamente cualquier excusa para evadir la cruda realidad de un Imperio que se había desmoronado. En medio de ese ambiente tan gris, los lectores del mítico diario madrileño El Imparcial del 14 de junio de 1899 pudieron encontrarse con una noticia tan breve como curiosa. Bajo el encabezamiento “Hecha con esmero”, el periódico contaba que su reportero en el Real Sitio, había tenido ocasión de contemplar una prueba fotográfica salida de los talleres del señor Company — reputado fotógrafo profesional con estudio en Aranjuez—, cuya imagen representaba, según el texto que acompañaba a la instantánea, a “una cuadrilla marroquí que reside en Aranjuez, de la que se anunciaba que muy pronto se presentaría en las principales plazas de España a “correr la pólvora y a lidiar toros al estilo de su país”. Esta pequeña nota constituye una ventana directa a un episodio prácticamente olvidado de la historia local, pero que a la larga demostró tener un eco mediático impresionante; lo que parecía un simple cotilleo ribereño fue un bombazo de tal alcance nacional que las imprentas de provincias no tardaron en replicar la gacetilla madrileña, llegando a hacerse eco de ella de forma literal diversos diarios provinciales de Toledo, Ciudad Real, Jaén, Granada y de otras ciudades del sur de la península, demostrando que una buena parte de España andaba expectante y con los ojos puestos en lo que se estaba cociendo en Aranjuez.

No sabemos todavía cuánto tiempo llevaba aquel grupo en el Real Sitio ni quién era su líder; tampoco conocemos con certeza los nombres de sus componentes ni si finalmente llegaron a presentarse en las grandes plazas españolas, tal como anunciaba el periódico, pero sí sabemos que, en aquella fecha, una cuadrilla marroquí se encontraba en Aranjuez y estaba preparándose para ofrecer un espectáculo taurino y ecuestre por España. La expresión utilizada por el periódico resulta particularmente interesante y merece una disección a fondo: «correr la pólvora». No se trataba, ni mucho menos, de una forma de torear al animal. La frase hacía referencia directa a una espectacular exhibición ecuestre de honda tradición norteafricana —lo que en su tierra se conoce como tbourida o "fantasía árabe"— espectáculo de marcado carácter militar y teatral. Una descripción publicada en el siglo XIX explica que el ejercicio consistía en que varios jinetes, ricamente ataviados y armados con mosquetes, realizaban en el coso taurino vertiginosas carreras en línea recta haciendo correr, girar y saltar a los caballos a pleno galope para, justo al final de la carga, disparar sus armas al unísono al aire simulando un asalto. La palabra «cuadrilla» puede inducirnos hoy a pensar inmediatamente en un grupo de toreros  tradicionales, pero la descripción de El Imparcial parece indicar que se trataba de algo bastante diferente, presentándose como una vibrante representación de las costumbres marroquíes donde aquellos hombres no pretendían necesariamente competir con los toreros profesionales españoles, sino ofrecer un entretenimiento exótico. La expresión «al estilo de su país» resulta además reveladora, pues el periódico estaba presentando a sus lectores una forma de enfrentarse al toro que consideraba propia de Marruecos y distinta de la tauromaquia española, abriendo la mente de los aficionados locales a un torbellino de rumores en los corrillos sobre cómo se las apañarían en la arena intercambiando los capotes profesionales y los trastos de lidia por amplias chilabas, bombachos holgados y vistosos turbantes.

Lo verdaderamente singular e históricamente importante es que Aranjuez no aparece en la crónica como un mero lugar de paso, sino como el punto exacto donde aquella compañía tenía establecida su residencia en ese momento. Por tanto, durante aquellas semanas de junio de 1899, nuestro pueblo albergó a un grupo de marroquíes dedicado a preparar un espectáculo destinado a recorrer España, por lo que sus caballos, su indumentaria y sus armas difícilmente pasarían inadvertidos entre los vecinos de la localidad. El contexto era además particularmente propicio, ya que Aranjuez poseía desde hacía más de un siglo una importante tradición taurina gracias a su magnífico coso inaugurado en 1797, recibiendo además una considerable afluencia de madrileños que bajaban en el tren buscando evadirse de las penas. Sin embargo, la poética de la integración cultural de la época tenía un trasfondo socioeconómico mucho más terrenal y mundano: estos conciudadanos andaban alarmantemente escasos de dinero en una España económicamente asfixiada. El porqué de su estancia revela la cruda realidad de muchas de estas compañías exóticas de la época, las cuales solían ser contratadas por empresarios desalmados para actuar en la capital y, en cuanto el negocio flojeaba por la crisis del post-98, eran abandonadas a su suerte sin dinero para costearse el billete de vuelta en barco (menos mal que estas cosas ya no pasan); de este modo, la cuadrilla encontró en Aranjuez el refugio perfecto para mantener sus caballos de forma barata gracias a los pastos de la vega, convirtiendo la idea de lidiar toros “al modo de su país” en una desesperada maniobra de picaresca y supervivencia para recaudar los duros necesarios con las que pagar el pasaje de regreso a su patria. La pura necesidad los obligó a agudizar el ingenio y vieron en el ruedo la oportunidad perfecta para ganarse el pan del día; el dinero manda en los estómagos y el temor al hambre resultó ser mucho más fuerte que el miedo a las astas del toro, funcionando la noticia como una genial campaña de expectación cargada de sutil sorna antes de que los acuciados protagonistas pisaran la arena.

 

                                                                 
                                                                 "Correr la pólvora"


Y aquí es donde la historia se vuelve más misteriosa, ya que nuestras búsquedas no han permitido identificar de forma segura una actuación posterior que podamos atribuir sin dudas al mismo grupo. Si nos sumergimos en la supuesta veracidad del folletín, queda en el aire la gran duda de si los arancetanos llegaron a presenciar el estreno oficial en su plaza centenaria o si todo el jaleo se disolvió antes de salir del patio de caballos. Sí sabemos que espectáculos de «correr la pólvora» con grupos norteafricanos se organizaron posteriormente en España, estando suficientemente asentados como entretenimiento público para que, al año siguiente, en junio de 1900, encontremos documentada en el hipódromo de los Llanos de Armilla en Granada una fiesta de este mismo género realizada por unos llamados «moros argelinos» que incluyó diversos números ecuestres y carreras de caballos. Pero no podemos afirmar que aquellos granadinos fueran los mismos que habían residido en Aranjuez un año antes, pues por ahora carecemos de una prueba que permita establecer esa identidad, y precisamente ahí reside una de las pequeñas incógnitas de la historia local, aunque es muy posible de que este grupo fuera el mismo que residía en el Sitio.

La noticia de El Imparcial es hoy casi una nota perdida entre las páginas de un amarillento periódico de hace 127 años, pero nos permite imaginar una escena poco habitual en las calles y alrededores del Aranjuez decimonónico, dejando abierta una pregunta que quizá algún día pueda contestarse: ¿Quiénes eran aquellos hombres y qué fue de aquella cuadrilla después de abandonar Aranjuez? Esa incógnita, por sí sola, merece conservarse para siempre en la historia pequeña y fascinante del Real Sitio, un relato donde la función, si se llegó a realizar, bien pudo cumplir con su humilde objetivo de conseguir que el público olvidara las penas gracias a dos horas de puro y sincero divertimento ante una función singular.







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